Vivimos en un baile de máscaras. Hay máscaras de todo tipo, todo con tal de tapar lo que nos avergüenza, lo que nos da miedo de nosotros mismos, lo que nos enfurece o asfixia.

 Por ejemplo, hay una persona que parece que se come el mundo, que habla con unos y con otros, decidida, dinámica increíblemente capaz de cara al público pero que si miras dentro de sí, observas aspectos muy diferentes como puede ser un corazón muy dolido por una perdida de un amado en el pasado, una perdida que hizo que se volcara en el trabajo, centrando toda su energía ahí para no notar esa piedra que carga en el corazón, ese anhelo, esa rabia, esa furia por no tenerlo a su lado.

 Otra persona aparentemente seria, poco expresiva, parca en palabras, estricta en cuanto a horarios, queriendo que todo esté en su sitio, todo ordenado, todo limpio…pero guarda un secreto…se quiere escapar, no es feliz en esa vida tan ‘perfecta’ no se atreve a dar el paso, a tomar la decisión y se siente atrapada por la propia situación que ha creado, por la propia imagen que ha dado de cara a los demás.

 Y también está una persona tímida, retraída, que habla con unas pocas personas, que se siente sola, que se pone colorada cuando la llaman, que le aterra que haya muchas miradas puestas en ella, que se esconde en casa como un ratoncito, huyendo del peligro, escondiéndose para estar a salvo. Y cuando llega a la guarida lo único que hace es culparse, repasar todo lo que ha hecho mal, castigarse por no haber hablado con Pepito, por haberse puesto colorada, por haber huido a casa, por no tener amigos….en definitiva, por no ser perfecta. A veces no es suficiente con el castigo de pensamientos negativos, a veces también recurre al castigo físico lo que conlleva más rabia y humillación para sí misma. Y vuelta a empezar…

 Cada uno llevamos una máscara, no se trata de comparar, todas son diferentes, diseñadas específicamente por y para cada persona. Se ha ido formando con nuestras experiencias en la vida, con las creencias que hemos ido adquiriendo, con las presiones inconscientes del colectivo social, con los hilos invisibles del transgeneracional…

 El quitar la máscara nos libera de un gran peso, pero el primer paso para avanzar es darnos cuenta de que la llevamos puesta. Tememos quitarla, tememos sentir y tememos hacernos cargo de nuestra vida. La buena noticia es que detrás de todo eso solo está nuestra esencia, lo mejor de nosotros, lo más puro, lo más limpio, lo más grande, lo real.

 Quitar la máscara es aprender a conocernos, aprender a amarnos con todo lo que conlleve eso, es un camino bonito, liberador, enriquecedor…que nos lleva hacia la coherencia entre lo que hacemos, sentimos y pensamos, sin culpas, ni juicios, solo con aceptación hacía uno mismo.