Poco a poco va fraguando en mi mente una idea, una semilla que va creciendo, como un árbol, y va tomando forma hasta convertirse en un deseo que reclamo al Universo.

Y es que en el momento que me hago consciente de qué pido al Universo y siento en mí la certeza de que ese deseo se me concede, ya estoy atrapada en él, estoy atrapada en una cadena de acontecimientos que van preparando el terreno para que el deseo se materialice. Estoy atrapada con con placer, con gusto en una cascada de coincidencias, de situaciones, que aunque no lo sepa, aunque a veces no me de cuenta, me acercan más a mi objetivo.

Poco a poco se van derribando las barreras de los miedos y las creencias limitantes para hacerme más fuerte, más capaz, más consciente de lo que he solicitado entrar a mi vida. De esta forma se van creando en mi las cualidades para que pueda ocurrir lo que he solicitado.

Cada vez más plena y más cerca de lo que he pedido, aunque a veces me sienta más lejos. Hasta que un día, sin darme cuenta, veo mi deseo materializado, hecho carne, porque ya está en mi, forma parte de mi, está en mi Ser.

Miro para atrás y veo la evolución, la transmutación ocurrida en mi alma, el gran crecimiento llevado a cabo, todo lo integrado en el Ser. Es un momento de enorme placer, éxtasis, gozo, un renacer cubierto de una gratitud suprema al Universo.

Comprendes al final que cada traba, cada eslabón en el camino eran necesarios, tenían su función. Comprendes al final que tu impulso, tu deseo te ha llevado hasta allí y tu confianza, tu certeza en lo que ibas a conseguir es lo que te permitió que llegaras.

El deseo, gran motor para el crecimiento.

¡Felicidades mamá!! ¡¡Qué al soplar las velas se cumpla tu deseo!!